Nueva York seguía funcionando con la precisión indiferente de siempre: ascensores, consultas médicas, ventanales fríos, cafés humeantes, reuniones familiares, tráfico detenido entre torres de cristal. Pero algo ya había empezado a torcerse. No en los márgenes del mundo, sino en su centro más cotidiano: el cuerpo, la percepción y la conciencia de un hombre que aún no sabía que estaba a punto de dejar de pertenecer del todo a su propia vida.
Un diario íntimo de transformación entre el horror clínico-urbano, la decadencia elegante y la fractura de la conciencia.
Diario de un Vampiro — La Mascarada comienza con Harvey Delacroix, veterinario de caballos en Manhattan, heredero de una educación severa, una familia de prestigio y una forma de mirar el mundo donde la precisión clínica pesa más que el consuelo. Lo que irrumpe en su historia no es solo un diagnóstico. Es una grieta. Una sombra en la carne. Una alteración en la realidad. Una sensación persistente de que algo observa desde el otro lado de las cosas antes de que el monstruo tenga todavía nombre.
Esta primera entrega se adentra en un territorio que mezcla diario íntimo de transformación, horror clínico-urbano, decadencia elegante y percepción alterada, con una voz narrativa que no busca el exceso fácil, sino una caída lenta, lúcida y profundamente física. La ciudad, la enfermedad, el frío, la noche y el deterioro dejan de ser simples decorados para convertirse en síntomas de una mutación más honda.
No estás ante una crónica de vampiros al uso. Estás ante el inicio de una degradación contada desde dentro. Un registro de conciencia donde el cuerpo enferma, la percepción se afila y la realidad empieza a perder obediencia. Si te interesan las historias de Mundo de Tinieblas, los diarios de personaje con aliento literario, la narrativa oscura y las transformaciones donde el horror nace tanto de la carne como de la lucidez, aquí empieza un recorrido que busca dejar huella.
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- Acto 1 - Parte 1 - La sombra antes del hambre - Introducción
Nueva York tenía esa costumbre de convertir cualquier rutina en una forma discreta de violencia. Manhattan era algo más tranquilo versión bullicio ejecutivo, un tipo de muelle canario para los negocios de los grandes tiburones y de las industrias comerciales. A ciertas horas, incluso el silencio parecía estar trabajando. Desde la ventana de mi despacho podía ver una franja oblicua de edificios de cristal, muchos rascaban las nubes en el frio diurno. Podía ver en varios reflejos de las ventanas de pisos y oficinas el tráfico en la calle; numerosos taxis detenidos en un atasco sin remedio y una de las últimas luces de invierno derramándose sobre la avenida con una palidez casi clínica. Había aprendido a convivir con ese paisaje del mismo modo en que uno aprende a tolerar una cicatriz: sin cariño, pero con resignación. Supongo que podría empezar por presentarme y hablar un poco sobre la trayectoria familiar, sin ser grotesca, una más correcta introducción para esta historia.
Mi nombre solía ser Harvey Delacroix. Me dedicaba a los caballos. No a la idea romántica del animal, ni a la nobleza que los demás creían ver en ellos, sino a su carne, a sus tendones, a su respiración, a la manera en que el miedo o el dolor se alojaban en un cuerpo grande y silencioso. Era veterinario especializado en equinos, y aunque en otro tiempo aquella vocación pudo parecerme limpia, con los años terminó por volverse una disciplina severa y visceral. Había algo brutalmente honesto en los caballos. No fingían. Sufrían, resistían o cedían. En eso, al menos, eran más dignos que la mayoría de las personas que había conocido en Manhattan en la última década. Aunque mi trabajo se llevaba a cabo en la periferia. La vida era mucho más calmada y apacible en las afueras, lejos del ruido y la intensa éxtasi de la ciudad. Aún en pleno siglo XXI era posible encontrar residencias, granjas y establos que vivían tranquilamente al margen de la vorágine. Yo era el segundo de tres hermanos. Sophia era mi hermana mayor, siempre impecable, siempre unos pasos por delante, como si la vida le debiera una distinción natural. Después estaba Victor, mi hermano menor, todavía orbitando entre expectativas ajenas y una frivolidad que en la familia se toleraba solo porque aún podía corregirse; y es que era más inquieto y estoico de todos. Se dedicaba a la educación física en institutos y universidades. Joven, ágil de mente pero algo terco; mi hermana y mi madre quieren que se case con su novia pero él aun duda si contraer matrimonio. Entre nosotros nunca hubo verdadera ternura. Lo que existía era otra cosa: una competencia antigua, elegante en apariencia, casi deportiva, pero no por ello menos cruel. En casa se celebraban los logros con una sonrisa medida y se archivaban los fracasos como si fueran manchas en la vajilla.
Para terminar de entender el contexto es mejor que ahora os hable de mi madre quien nació en Francia bajo el nombre de Marie Sophie. El apellido Delacroix venía de ella, junto con una educación refinada, una forma precisa de pronunciar ciertas palabras y la costumbre de mirar a los demás como si siempre les faltara una capa de barniz. Procedía de una familia de gitanos rumanos que habían emigrado a Francia mucho antes de que ella e incluso la madre de su madre nacieran. Creció entre disciplina, cultura y una ambición silenciosa que no admitía sentimentalismos y terminó estudiando medicina forense como ironía de las sutilezas que plantea la vida misma. Mi padre, de ascendencia irlandesa, la conoció durante sus años de formación; Ambos vinieron a Nueva York para terminar sus estudios, trabajar en la gran ciudad y hacer de sus vidas algo más respetable. Su oficio fue traductor e intérprete que ejerció durante muchos años en el sector cinematográfico pero ahora está retirado salvando algún trabajo que todavía cubre por antiguas pasiones. Por una de esas cuestiones de bodas y de bautizos, mi madre me citó para comer con lo que después de una jornada de trabajo me tocará aguantar un rato el complicado carácter de aquel matrimonio que era el de mis padres.
Aquella mañana había sido una mañana normal, lo cual en mi oficio significaba revisar informes, atender una consulta, telefonear a un establo de las afueras y discutir con un ganadero más preocupado por el precio del tratamiento que por el estado real de su yegua. Nada extraordinario. Nada memorable. Sin embargo, poco antes del mediodía, la señorita Maegan Wallace, secretaria de la clínica, asomó por la puerta para avisarme de que habían llamado del hospital y que a propósito, tenía el teléfono descolgado.
- Dr. Delacroix, una llamada del Hospital el Monte Shinaí en la Gustave en Levy Pl. No quiero asustarle pero parecía urgente. - Dijo tímidamente mientras se miraba un pie.
No respondí enseguida. Mi cerebro había estado funcionando con apagones las últimas semanas. Como señalé a los informes del neurólogo sentía una ampliación en ciertos receptores y mil sonidos resonaban a rebotes entre paredes como 'zaps' de receptores de una red sensorial. El oído devolvía un rebote intenso una pelota de tenis en una sala de paddle cerrada, muy lejana. Acudí a una cita que me facilitó mi doctor habitual. Finalmente respondí.
- Vuelva y dígales que enseguida les atiendo. - De nuevo me quedé escuchando algo que se fundía con la voz de Maegan. Un rotor que giraba lentamente y algo como grava de yeso seco se deslizaba por trampillas metálicas perdiéndose en un horizonte onírico, entre rasca cielo y rasca cielo. Sentí como la secretaria se daba la vuelta para regresar a la recepción. Apenas me dio tiempo a darle las gracias de una manera seca y distante que desconozco alcanzó a oír.
Tras eso estuve sentado mirando unos segundos la radiografía de una extremidad lesionada, como si mi atención todavía pudiera aferrarse a algo útil, mensurable, externo a mí. Luego tomé el mensaje. Como le cuento estuve hablando escuetamente con la becaria de neurología de la clínica quien muy asertivamente me avisó que un diagnóstico de los que me habían realizado no apuntaba a nada bueno y que, necesitaban hacerme una ampliación en la pruebas. Habían detectado algo inusual relacionado con el funcionamiento hormonal en el cerebro. No dijeron mucho más. A veces la medicina se escuda en el lenguaje técnico con la misma cobardía con la que un sacerdote se ampara en el misterio. Pero ese es otro asunto. Al terminar la jornada bajé al parking del edificio y por un instante me flaqueó la fuerza a lo que no le quise dar mayor importancia. Me agaché para ajustarme los cordones de las botas mientras el ascensor visitaba planta tras planta, en descenso. Me levanté con cautela como el que evita chocar con algo. No creerías lo que vi. De la impresión cerré los dedos de la mano clavándome las llaves del coche hasta apretar tanto que me sobresalté con pálido asombro de lo que vi al otro lado del del espejo del ascensor y que me hizo caer sin duda de culo. También del susto una fuerte sacudida agito mi pecho y una presión en la cuenca de mis ojos me hizo flaquear y es que, habría jurado ver una clara y sombría silueta tras de mí. Apenas divagada parpadeé. Qué extraña visión aquella que me descolocó por completo hasta que la luz sobre las rendijas del ascensor parpadearon cuando alcanzamos el parking. En parte tembloroso jugué un poco con las llaves para recuperar mi equilibrio hasta llegar a la plaza de garaje-
La casa estaba en silencio. Un silencio caro, pulido, decorativo. Dejé las llaves del coche y la cartera en la repisa de la entrada. Ojeé el apartamento. Amplio y lujoso como era el gusto de mis padres. Caminé un poco hasta entrar en la sala donde bajé dos escaleras que rodeaban el salón. La luz que entraba por los ventanales de ensueño, casi cegadora. Mi mente apenas veía el caoba del parqué y una reconstrucción otoñal de las vistas de la ciudad. Mi madre fue quien me recibió. No pareció sorprendida de verme. Tampoco especialmente complacida. Mi padre apareció apenas un minuto más tarde como Stapleton de Conan Doyle, el entólogo de Devonshire que atrapaba mariposas para hacerse con la finca de los Baskerville. Al poco servimos la comida comenzamos a hablar. Yo me consideraba una persona algo reservada y de duro razonamiento, o eso dicen los que me conocen. No hablaba seriamente de las cosas porque evitaba dramas pero durante la comida manifesté mi preocupación por los resultados de aquellos análisis médicos. Los médicos analizaban casos semejantes cada mes, disfunciones auditivas, estados de anonimia y fuertes cefaleas que era en particular lo que me llevaba semanas ocurriendo. Escuchó lo que tenía que decir sin interrumpirme, con las manos inmóviles y la espalda recta, como si estuviera presidiendo una reunión y no escuchando a su hijo hablar de una sombra que crecía en el interior de su cabeza.
—Los médicos siempre magnifican las cosas antes de tener resultados concluyentes —dijo al final—. Hazte las pruebas. Espera el informe. Después ya veremos.
Al momento comenzó a hablar del éxito de una campaña financiera de Sophie y entre voces que se perdieron en la conversación de la que no pude ecitar desconectar. Vi en el gesto de mi padre una expresión moribunda que no creía haber visto pues sus cuencas parecían oscura con ojeras y su piel casi parecía brillar al parpadear volví a mirar a mi madre quien seguía tranquilamente hablando. No había crueldad abierta en su voz. Eso habría sido, casi, una forma de calor. Lo que había era profesionalidad. La clase de frialdad que se presenta como sensatez y que, en ciertos momentos, resulta más ofensiva que el desprecio. Sentí un desorden humano bajo aquella compostura francesa que nunca se deshacía del todo cuando de pronto algo se agrietó en mi interior. La miré sin saber muy bien qué decir o qué esperar y por un momento aseguro que sentí odio. Odio a la realeza y al magistrado y hasta había en aquellos sombríos pensamientos, un profundo desprecio hacia el estado. Tomé la servilleta y me limpié la comisura del labio. Aunque normalmente hidratados en aquel momento se terminaron de secar. Al terminar de comer nos sentamos en los sofás de la sala de estar. Mi padre apareció con los cafés humeantes y los colocó sobre la mesa de cristal. - ¡Aquí traigo el café! Y este no ese Keurig del Dr Pepper. - Decía arqueando las cejas, sin saber nunca si había una segunda mala intención o puya tras sus palabras. Me incliné a alcanzar la taza bajando los brazos casi agachándome hasta la mesa que apenas pasaba tres palmos del suelo y, casi picando en algún tipo de estratagema le di un primer sorbo. Mis padres intercambiaban miradas soberbias que con frecuencia hacían a uno sentirse bastante incómodo. Durante ese rato hablamos sobre Victor. Sentí primero cansancio, luego irritación. El rostro se me tensó antes de que pudiera evitarlo, apenas una mueca. Creo que mi madre lo notó, aunque decidió ignorarlo con la elegancia de siempre y nos enfocamos en hablar de lo que concernía la comida que era la boda de mi hermana Sophie.
Ya hacia el final de la tarde les comenté la bajada de tensión de esta mañana y que había estado sometido a mucha presión últimamente aunque sus miradas lo claro desacreditaba. Ya por zanjar la conversación hice un comentario reverente que no dejó a Víctor en la mejor situación pero necesitaba devolver a mi cerebro a su estado de habitabilidad. - Ya le vale que trabajando en el Hewitt no haya tenido la dignidad de pasarse a veros - Concluí. Pronto mi padre que era muy dicharachero lo cual se le habría pegado de su esposa añadió haciendo girar su cucharilla mientras oteaba por encima de sus gafas: - Ese está muy ocupado con los partidos de baseball y con el embarazo de su chica, no tiene tiempo para ver a sus queridos padres. La conversación continuo naturalmente con temas sobre frentes bélicos y las acciones en la bolsa, un poco sobre esto y aquello. Para todo había cabida en esta familia. Comenzaba a estar bastante encallado sobre ciertos temas y el cansancio se hizo más notable a medida que hablamos. Al terminar la charla nos despedimos, me levanté a coger las llaves de la barra donde las había dejado al entrar y me limité a girarme y caminar hacia la salida. Crucé la casa sin mediación atravesando aquel orden impecable que de pronto me pareció insoportable. Cerré la puerta a mi espalda y bajé a la calle con la sensación de haber recibido un diagnóstico antes del diagnóstico real. Me había ido con la sensación de haber gastado saliva tontamente. No alcanzamos a discutir, yo estaba negado y habría sido inútil. Pero esto no es lo más candente que esperas leer en mis líneas. ¿Verdad que no?
Pronto una luna roja despertaría el gen atávico que había sido instaurado en cada uno de nosotros y el cielo y la ciudad se iban pronto, a teñir de sangre. Pronto la mascarada y la civilización tocaría a su fin y se anunciará un mundo de tinieblas. Y el carnaval de sombras que traeríamos los hijos de Caín, desvelará la mentira del mundo y entonces será el fin de la mascarada y los demonios caminarán sobre la tierra.
Aquella noche Febrero empezaba a caer sobre Manhattan. El graznido de los cuervos en migración descubre el velo que abre paso a la sedición. Las pupilas se dilatan como orbe de luz penetrando en la oscuridad que ahora muestra sus secretos. Una rápida crisálida de escarcha recubre las lunas de los coches y de los ventanales de los locales mientras blanca la dócil nevada vuelve por momentos a la ciudad, como efecto resiliente del invierno. Con un nuevo vendaval y el batir graznado los pelos se erizan y el frio aparece como el hálito del efluvio en las carnes de gallina. Aquella noche no pegué ojo y un click clínico resonaba en las paredes del córtex>.
Diario de un Vampiro. Mundo de tinieblas es una narrativa de transformación íntima narrada desde la enfermedad, la percepción alterada y la deriva hacia lo monstruoso, con una prosa que mezcla observación clínica, decadencia urbana, tensión espiritual y, en momentos concretos, un grotesco irónico o una solemnidad fabulosa.
Harvey Delacroix no cuenta una aventura: documenta su degradación, su lucidez y su tránsito hacia algo que aún conserva memoria de lo humano.
Los diarios se compartirán bien cada quincena desde primeros de Mayo. !Estarán disponibles en su plenitud cuando la partida de - Vampiro la Mascarada - Concluya!
La historia no es 100% precisa a la partida originaria. Se han alterado algunas cuestiones debido a la ausencia en partidas o a la percepción individual, el sesgo del vampiro ahonda en la cuenca de su retazo venoso.
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